Laura Sánchez. Madrid
Frente a los síntomas fisiológicos propios de la enfermedad, surgen otros de carácter social, emocional y psicológico que requieren especial atención por parte de profesionales, familiares y cuidadores. De hecho, muchos expertos advierten que el abordaje terapéutico del dolor crónico puede fracasar si se limita al aspecto analgésico y se ignoran el resto de componentes neuropsicológicos y psicosociales.
Hasta el momento, no se ha encontrado ningún tratamiento farmacológico que resulte ser totalmente eficaz. Por ello, lo mejor para el paciente es aprender cuanto antes a convivir con su nueva realidad.
El dolor crónico supone un problema habitual entre las personas mayores, que aumenta con la edad, pero que tiende a estabilizarse una vez cumplidos los 85 años. Las zonas más afectadas suelen ser las articulaciones, la espalda, las piernas y los pies.
Así lo constata María Dolores Ortiz, psicóloga especialista en Psicología Clínica y experta en Gerontología, quien, además, reconoce que el dolor crónico “influye muy significativamente en la calidad de vida de las personas que lo padecen”. De hecho, “supone una causa muy importante de discapacidad, implica una mayor dificultar para realizar las actividades básicas de la vida diaria y repercute negativamente en el estado de ánimo del individuo”.
Terapia psicológica
Ante la multitud de factores que coinciden en el paciente con dolor crónico, cada vez resulta más habitual que, junto al tratamiento analgésico, tanto el paciente como sus familiares o cuidadores reciban apoyo psicológico. No hay que olvidar, apunta Ortiz, que el dolor, “además de responder a un proceso biológico, supone también una respuesta psicológica en la que intervienen aspectos cognitivos y ambientales”. En este sentido, “la Psicología contribuye al manejo de las consecuencias derivadas de padecer dolor crónico en las personas mayores, como la depresión, dificultades en la relación afectiva, alteraciones del sueño o incapacidad funcional”.
A través del apoyo psicológico, el enfermo aprende a “mejorar su capacidad para afrontar los síntomas y disminuir su respuesta ante dolor mediante un correcto entrenamiento en técnicas psicológicas”. Entre las más utilizadas, Ortiz destaca el sistema de contingencias, para potenciar el autocontrol y disminuir la frecuencia de las conductas de dolor, el control de la respiración, la inoculación del estrés, el entrenamiento en habilidades sociales, y las técnicas de distracción y sugestión, dirigida a disminuir la percepción del dolor.
Pacientes institucionalizados
Los factores sociales, emocionales, psicológicos y fisiológicos que acompañan al dolor crónico provocan inevitables diferencias entre los pacientes que residen en sus domicilios y los que se encuentran ingresados en una residencia. De hecho, según apunta la Dra. María José Jiménez, coordinadora del servicio médico de Valdeluz, “el anciano institucionalizado puede llegar a percibir el dolor desde una perspectiva diferente”.
Aunque en las personas mayores presenta peculiaridades psicológicas respecto al resto de la población, en el caso de los usuarios de una residencia “podemos encontrarnos casos en los que el dolor sea un reflejo de la necesidad del individuo por mantener relaciones sociales, ya que el hecho de manifestar el dolor al personal que le atiende o al resto de residentes, puede despertar algún interés hacia su persona”.