¿Por qué las mujeres viven más que los hombres?
Los últimos datos estadísticos dicen que, en España, las féminas superan en casi siete años las expectativas de vida de los varones. Los científicos coinciden en señalar que buena parte de la culpa de este fenómeno la tienen los estrógenos –las hormonas sexuales de las mujeres– y el hecho de que ellas tengan hábitos más saludables.
Álex Rodríguez. Madrid Dicen los expertos que cualquier persona es capaz de vivir un decenio más si adopta unos hábitos de vida saludables y si los factores físicos y medioambientales también contribuyen a ello. Hasta ahí, todo claro. El asunto cambia ligeramente de tercio cuando quedan patentes las diferencias de longevidad entre uno y otro sexo, aun en las mismas condiciones de igualdad, en similares ubicaciones geográficas y compartiendo idénticos hábitos de vida. Con todo... está demostrado: ellas pasan por la vida mucho más tiempo que ellos. ¿Es magia, es ciencia o es un regalo de la Naturaleza a quienes se encargan de perpetuar la especie? En realidad, es un poco de todo.
Más que noticias
“Sólo Dios sabe por qué he vivido tanto. Preguntadle a él. Me he cuidado bien, como él quería”, aseguró Gertrude Baines, mujer estadounidense que, hasta que falleció, hace sólo unos meses, era la mujer más longeva del mundo. El último día de su vida tenía 115 años. Ahora, la japonesa Kama Chinen, de Okinawa, ostenta ese récord. Tiene 114. Si se analizan los periódicos de los últimos cinco años, no resulta complicado localizar noticias destacadas cuyos titulares giren en torno a La mujer más longeva del mundo... En realidad, hoy en día, cualquier persona que sobrepase con creces los 90 años ya es longeva. Pero, ¿por qué son sólo mujeres las protagonistas de las noticias sobre el máximo número de años vividos? O, dicho de otro modo: ¿quizás los hombres no sean tan longevos? “Pueden serlo, pero en menor proporción que las mujeres. Hay más de 300 teorías diferentes sobre por qué las personas envejecen de distinta forma y ninguna de ellas ha conseguido ofrecer una explicación efectiva al cien por cien”, explica José Marquez Serres, presidente de la Sociedad Española de Medicina Antienvejecimiento y Longevidad (SEMAL). Lo cierto es que el hecho de que ellas vivan más que ellos suscita curiosidad casi a diario entre quienes se paran un instante a pensarlo. Más aún, entre los científicos que ocupan su tiempo en investigar las causas de este fenómeno. Benditos estrógenos Los científicos no dudan ni un solo instante en señalar que la presencia de estrógenos en el organismo de las mujeres, desde su nacimiento, confieren a éstas un plus de defensas con el que el varón no cuenta en ningún momento de su vida. Los estrógenos las protegen de enfermedades cardiovasculares y evitan una oxidación más rápida y progresiva de sus células. “Ellos son mucho más propensos a sufrir procesos degenerativos e inflamatorios”, explica el doctor Pedro Gil, geriatra y presidente de la Sociedad Española de Geriatra y Gerontología (SEGG). ¿Quiere esto decir que los hombres no tienen estrógenos? No. Los tienen, pero en una proporción notablemente inferior a ellas. Tan minúscula que es casi inapreciable. La hormona sexual por excelencia de los hombres es la testosterona. Para bien o para mal, ella es la encargada de que los machos de cualquier especie ejerzan grandes niveles de actividad física. Y ahí, precisamente, reside buena parte del carácter guerrero y luchador que los hombres han demostrado –y también sufrido– a lo largo de la historia de la humanidad. Los varones también presumen de tener mucha más agresividad y competitividad que las mujeres: “Ellos siempre han sido los encargados de ir a las guerras y, por eso, han tenido muchas más posibilidades que ellas de morir jóvenes”, dice Santiago Palacios, ginecólogo y director del Instituto Palacios Salud de la Mujer. Y añade: “El carácter aguerrido de los hombres se ve ya en fases muy tempranas de su desarrollo. La manera de ser de un adolescente varón es sobrevalorarse. Aunque un joven no fuese capaz de llegar nadando a una isleta que no se encuentra cerca de la orilla, lo haría, con tal de demostrar su virilidad. En muchos casos, el chico se ahogaría. La adolescente no arriesgaría su vida aunque fuese capaz de llegar a la isleta, porque no necesita demostrar nada”. Pero aún hay más: “La testosterona también eleva los niveles de colesterol malo en sangre, con lo que se incrementan para el hombre las posibilidades de sufrir una cardiopatía o un infarto cerebral. En las mujeres, esto no es lo usual hasta después de la menopausia”. No sólo entre hormonas anda el juego. “Existen diferencias biológicas, pero también son fundamentales las pautas de comportamiento que unos y otras han mantenido desde el principio de los tiempos”, apunta Julio Pérez, sociólogo y científico titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Lo cierto es que ellas siempre han tenido hábitos de vida mucho más saludables que ellos. A principios del siglo pasado, era impensable que las mujeres fumaran o bebieran. Todo lo contrario que los hombres, que abusaban del tabaco y el alcohol a diestro y siniestro: “En las guerras que marcaron el curso de la Historia, el tabaco era un bien de primera necesidad, exclusivo para los hombres. Los soldados no iban al frente si no tenían tabaco”.
Los habitantes de las islas de Okinawa (Japón) –arriba– y Cerdeña (Italia) –izqda.– viven un promedio de 100 años de edad. La tranquilidad, la pureza y la escasa contaminación de estos lugares contribuyen, sin duda, a explicar la gran longevid
Más prevención, más vida Además, ellas siempre han sido más prudentes que ellos a la hora de conducir vehículos. “Durante la década de los años 80, se comprobó que, en España, murieron muchos más chicos y hombres al volante que mujeres”, argumenta Pérez. A este respecto, el doctor Palacios señala: “Las mujeres tienen una cultura sanitaria más arraigada que los hombres. Son ellas quienes, en casa, siempre se han preocupado de velar por la salud de los esposos y de los hijos”. Y, además, si se contaran las ocasiones en las que una mujer, desde que nace, revisa su aparato reproductor y se compararan con las veces que los hombres chequean esa parte de su organismo ganarían, sin duda, ellas. “Los hombres ganarían muchos más años de vida si estuviesen más mentalizados en la importancia de las revisiones periódicas”, dice el presidente de la SEMAL. Y, en estos casos, ¿qué pesan más: las hormonas o los comportamientos sociales? El gen de la longevidad ¿Cuántas veces se ha leído u oído en algún medio de comunicación el titular: Descubren el gen de la longevidad? Muchas. Demasiadas, quizás. Pero la cosa no es tan fácil. No es que exista un único gen capaz de determinar, como si de un programa informático se tratase, la cantidad de años que alguien vivirá: “No es del todo real. Considero que los genes pueden expresar si alguien puede tener riesgo o no de sufrir una enfermedad específica, pero de ahí a encontrar un único gen que alargue la vida...”, señala Santiago Palacios. Y, en este punto, existe diversidad de opiniones: “Hay más de un gen de la longevidad. Y, probablemente, se descubrirán más. Lo difícil es entender qué función tienen en el ser humano y cómo interactúan, para intentar activar o desactivar los que más nos convengan”, explica Salvador Macip, doctor en genética molecular y director del Departamento de Bioquímica de la Universidad de Leicester (Reino Unido). Para este científico, “es difícil predecir exactamente qué porcentaje de nuestra esperanza de vida depende de los genes”. O, dicho de otro modo, los genes pueden influir en la cantidad de años que se vivirán, pero no son determinantes: “Aunque tus padres hayan sido muy longevos y no hayan tenido enfermedades graves, tú puedes vivir pocos años si fumas y bebes a diario, si consumes drogas o si estás expuesto a trabajos de riesgo. Y se puede dar el caso contrario: aunque tengas un elevado riesgo de sufrir un infarto cardiovascular, si has hecho deporte durante toda tu vida, si en tu madurez continúas practicando ejercicio y si, además, mantienes una vida saludable, existen muchas posibilidades de que no se desencadene ese infarto cardiovascular”, explica Palacios.
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